Brais, de la Real Sociedad, liquida al Celta

Un gran gol del excéltico Brais Méndez determinó la derrota de un Celta sin ideas en ataque ante una Real no tan temible

El exceltista Brais Méndez, de vuelta a Balaídos, muy aplaudido.
El exceltista Brais Méndez, de vuelta a Balaídos, muy aplaudido.

La Real Sociedad y Brais castigaron ayer a un Celta demasiado pobre. El marcador dio más opciones que el juego de un equipo que da un paso atrás, aunque sigue fuera de descenso. Y el martes, vuelve el conjunto donostiarra a Balaídos para la Copa.

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Brais Méndez ten un aquel. Desde siempre. Desde que Milucho lo vio jugar y lo convirtió en su primera apuesta como ojeador del Villarreal por estas tierras. Y a ese no sé qué le dio una coraza física con el cincel de Eduardo ‘Chacho’ Coudet. Un cerebro con piernas se transformó en un cerebro con piernas, corazón y pulmones. La última evolución la vivió con su exitosa llegada a un equipo con alma como la Real Sociedad. Un cerebro con piernas, corazón, pulmones y confianza. Un gran futbolista. Ése capaz de desnivelar un partido de fútbol con calidad.

Porque la Real que visitó ayer Balaídos no asustaba tanto. Sus ausencias eran más que sensibles e igualaban las fuerzas con un Celta que, poco a poco, iba creyendo en sí mismo. La gran diferencia entre ambos fue Brais. Él fue quien recogió un balón entre líneas -esas zonas que los donostiarras encontraron con demasiada facilidad de entrada- y lo golpeó estilo caricia, con un efecto perfecto que sorprendió a Guaita por lo ajustado al palo. A los diez minutos, el mosense, con los brazos extendidos pidiendo perdón a la que fue su afición, desniveló el marcador con tanta finura que casi ni dolió. Es lo que tienen las heridas de arma blanca en contra de las de arma de fuego, que resultan casi artísticas y uno las sufre sintiéndose especial.

Los célticos Dotor, Swedberg y Jailson, cariacontecidos tras señalar el árbitro el final del partido. Difuminado, Brais.
Los célticos Dotor, Swedberg y Jailson, cariacontecidos tras señalar el árbitro el final del partido. Difuminado, Brais.

No le había dado tiempo al Celta a decidir qué quería hacer de su vida anoche. La Copa dejaba en herencia en el once a Miguel Rodríguez y Luca de la Torre y el regreso al 4-4-2. No había capacidad de llegada porque la única vía eran los balones a la pelea o la carrera de Jorgen Strand Larsen, ya que los dos futbolistas celestes que mejor se llevan con el balón, Iago Aspas y Óscar Mingueza, estaban peleados con él. Mucho, especialmente el moañés. Ni a balón parado el esférico olvidaba sus diferencias con los dos.

La Real Sociedad no pasaba por problemas. Incluso hacía sufrir con el corpachón de Sadiq, con el que se emparejaba Carlos Domínguez. Un gran pase de Brais hacia su delantero sirvió para que éste se deshiciese de Carlos y Mingueza con un control con el pecho y encarase a Guaita. El meta celeste ganó el duelo.

Había que asumir balón y dar ritmo. Tomó los mandos Renato Tapia con su hipermovilidad apareciendo en todas las alturas del campo casi siempre con acierto, pero sin que el equipo lograse la necesaria continuidad como para inquietar la portería rival. Y dejando demasiados agujeros por dentro como para vivir tranquilo ante un rival con tan buen gusto con el balón y que se maneja muy bien marcando un ritmo lento con balón.

Decidió Rafa Benítez que había que cambiar cosas y, como hizo en Anoeta en la primera vuelta -si funciona una vez, por qué no dos-, pasó de jugar con línea de cuatro atrás a una de cinco, precisamente con Tapia entre centrales para limpiar la salida con un futbolista más y agarrarse a Sadiq. La variación obligaba, además, a Larsen a caer a banda izquierda, con demasiados metros que recorrer para llegar al área. Cierto que la Real estuvo más controlada, pero también que los locales no eran capaces de llegar.

Tras el descanso, los donostiarras tuvieron más claro cómo jugar. Y volvieron a presentarse ante Guaita. Brais acarició uno de los palos con el balón y después centró una falta lateral sobre el área que Zubeldia devolvió al corazón y Jon Magunacelaya -uno de los canteranos de los que tiró ayer Imanol Alguacil- estuvo a punto de meter entre los tres palos.

De nuevo el partido llevaba a Benítez a intervenir, esta vez con tres cambios de golpe. Los dos peleados con el balón y Miguel para renovar toda la banda derecha y buscar el gol de Douvikas. El encuentro volvió a igualarse, con un Hugo Álvarez de carrilero por la derecha dando sentido a cada cosa que hacía. Con todo, la única posibilidad de llegada fueron sendos remates de Luca de la Torre, ambos adivinados sin grandes aspavientos por Remilo, tan sencillo con las manos como con los pies.

La última apuesta local reclamó a Swedberg y Jailson. Y a Balaídos. Porque no había juego pero el marcador daba opciones. Lástima que esa fuese la única esperanza real. Porque el Celta fue incapaz de crear siquiera amago de peligro. Una derrota que corta la buena racha en casa y que recuerda que la Liga preocupa.

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