Frío en el Tribunal Supremo
DESAFÍO SECESIONISTA
El juicio contra los doce procesados por el golpe del procés comenzó ayer en el Tribunal Supremo en un ambiente frío, tanto en lo meteorológico como en lo personal, a juzgar por los gestos de algunos.
Cuatro horas tuvo que esperar Quim Torra para estrechar la mano de Oriol Junqueras. Sentado, muy digno, en el banquillo, Junqueras ni se volvió cuando el "muy honorable" ha hecho su entrada en la sala de vistas en el primer día del juicio de "procés", agitando la mano a los acusados que sí giraron la cabeza para saludarle. Esta es quizás la imagen de una primera jornada marcada por el frío: el frío en la sala de vistas que obligaba a ponerse las bufandas, las temperaturas bajas que se han registrado entre Torra y algunos acusados como Junqueras y los vientos gélidos que separaban a los familiares de los presos de parte del público fan de Vox.
El día (y el frío) empezaron con largas colas a las puertas del Supremo, donde los 600 periodistas acreditados tuvieron que esperar más de una hora para entrar, filmando entretanto a los tres acusados que accedieron a pie (los únicos que no están en prisión), a abogados y familiares. Mujeres, maridos e hijos de los encausados en el "procés" que acudieron a Madrid con la intención de hacerse ver, aunque de una manera sutil, medida, igual que sus seres queridos. "Esta causa atenta contra el derecho a protestar", dijo el abogado de Junqueras casi como representante de todos ellos.
Y es que entre los doce acusados solo uno, Jordi Sánchez, llevaba en su solapa un lazo amarillo. Los exconsellers se pusieron una chapa con el emblema del Govern, una delicada manera de elevar su voz frente a un juicio que consideran injusto. Su gente, sentada en la quinta y sexta filas del público, lo ha hecho de las formas más diversas, pero nunca estridentes: una flor amarilla en la chaqueta, un colgante de ese color, la bufanda o hasta un pañuelo atado al bolso. Sin frases, sin emblemas, sin llamar mucho la atención.
Detrás, en las últimas filas, el público. Muchos eran seguidores de Vox que no se pudieron contener al ver a su abogado por los pasillos del Supremo: "¡Gracias por salvar España!", le gritaba una mujer venida de Gerona, donde, decía, tienen que "aguantar" a Torra más que en ningún sitio. El mismo Torra que se sentaba, él sí luciendo un lazo amarillo, en la primera fila de la bancada de la suntuosa Sala de Plenos del Supremo, junto a los consellers Esther Capella y Damià Calvet y delante de la veintena de periodistas que lo siguieron en directo.
TODOS DE TRAJE
Sutil, Calvet jugueteaba con un bolígrafo amarillo que hacía la competencia a los bolis de los abogados de Vox, en este caso verdes y blancos y con la bandera de España. Amarilla también era la funda del móvil del portavoz de JxCat, Albert Batet, en la segunda fila. Aunque se les dio la opción de sentarse tras sus abogados, los doce acusados -los hombres, nueve, todo vestidos de traje- decidieron finalmente hacerlo en el banquillo, desde donde no podían ver a sus familiares pero sí a los siete magistrados que decidirán su futuro.
El más expresivo, Jordi Cuixart, se volvía de cuando en cuando sonriente para saludarlos y aprovechó los recesos para hacerlo en persona, con el permiso de los policías que escoltaban a los presos.
Torra tuvo que esperar desde las diez y cuarto de la mañana, cuando comenzó el juicio, hasta el segundo receso, pasadas las dos de la tarde, para estrechar la mano del líder de Òmnium y de Junqueras, que en el primer descanso prefirió dar dos besos a su mujer e ignoró al president. Sí le saludaron en ese primer receso los exconsellers Jordi Turull y Josep Rull. Los acusados hablaron poco entre ellos, como tampoco Torra con sus acompañantes del Govern. Sí se ha visto alguna conversación, corta, entre los tándems Turull y Rull y Carmen Forcadell y Dolors Bassa, esta última con su abrigo a modo de manta por momentos.
Un "vodevil procesal" (como calificó un abogado a la causa) retransmitido en directo, una vez superados los ataques de los "hackers" a la web del Supremo, con cuatro cámaras colgadas en las paredes rompiendo la majestuosidad de una sala forrada de terciopelo rojo de Damasco, madera y dorados, y coronada por un gran fresco que representa los crímenes más graves de la humanidad. Cámaras que se movían de un lado al otro como en un Gran Hermano procesal en el que se han podido escuchar, en boca de los abogados, palabras como "populismo", "elecciones" o "lucha", en contraste con la mesura que se respiraba en la sala.
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