El Congreso que no iba y bailaba demasiado

Viena, octubre de 1815: Las potencias se reúnen para rediseñar Europa

Charle Joseph de Ligne, el diplomático belga que acuñó la famosa frase "El Congreso no marcha pero baila".
Charle Joseph de Ligne, el diplomático belga que acuñó la famosa frase "El Congreso no marcha pero baila".

Charles Joseph Lamoral, VII príncipe de Ligne, parece un personaje expresamente ideado para protagonizar una de aquellas novelas de moralidad cuestionable, intrigas amorosas, pasiones reprimidas, encuentros secretos y pelucas empolvadas tan de moda a mediados del siglo XVIII y cuya cumbre firmó la elegante pluma del francés Charles Choderlos de Laclos bajo el título de “Las amistades peligrosas”, un relato galante y perverso que conmocionó a la ilustrada alta sociedad de un tiempo pre revolucionario en el que todo era atractivo y excitante y todos los placeres podían ser disfrutados con exquisita discreción, antes de que la guillotina se pusiera a funcionar. En 1988 acabó en el cine, con John Malkowich y Glenn Close como afamados protagonistas, bajo la experta dirección del británico Stephen Friars.

El caballero de Europa

Charles de Ligne era un elegido desde la cuna y fue un niño prodigio adornado por todos los privilegios con los que nacían los retoños de las familias poderosas antes de que la Revolución francesa lo pusiera todo perdido y lo cambiara todo. Nacido en Bruselas el 12 de mayo de 1735, y criado en las posesiones familiares de Beloei, una municipalidad francófona valona en la frontera con Francia, hijo del príncipe Claude Lamoral IV y la princesa Elizabeth Salm, fue preparado y destinado desde la infancia a ejercer en los ámbitos más distinguidos de la alta política y la diplomacia.

Cortesano fiel al Imperio siguiendo la inviolable tradición familiar, a los dieciséis años viajaba a Viena para conocer a la emperatriz María Teresa a la que causó una impresión magnífica. Cuatro años después, se desposaba con una joven damita de su alcurnia llamada Françoise Marie princesa de Liechtenstein, con la que tuvo siete hijos si bien se le atribuyen dos hijas más fuera del matrimonio.

Era un caballero elegante, culto, intrigante, ingenioso, experto en política y amores, veterano oficial de la Guerra de los Siete Años y sumamente valorado, respetado y querido en los ambientes más exclusivos de la vieja y caótica Europa que, a principios del siglo siguiente, acabó entregándose a los designios de un joven y temperamental militar corso llamado Napoleón Bonaparte.

El caballero belga, recorrió Europa en misiones de alta política en las que cultivó amistades tan poderosas como la de la propia María Teresa o la de su rival Catalina la Grande, participó en empresas bélicas de gran trascendencia, fue militar distinguido con el grado de mariscal de campo, recompensado con las más apetecidas distinciones por su valor y su inteligencia en el combate, ejerció sus dotes negociadoras por todo el continente en los lugares más calientes y comprometidos de su geografía política, y una vez desarrollada su admirable tarea, en 1791 se retiró a sus posesiones familiares de campo donde pasó grandes temporadas, y a su palacio de Viena, imprescindible referente para considerarse alguien entre las clases dirigentes europeas.

Fue Charles de Ligne el que, preguntado por cómo iba el Congreso que se había constituido en 1814 tras las invitaciones cursadas por el todopoderoso canciller Klemens von Metternich, respondió con una humorada que ha pasado a la historia: “El Congreso –dijo el diplomático belga con una tenue sonrisa en los labios- no marcha pero baila”. Estos días se cumplen doscientos nueve años de su celebración, una cita propuesta expresamente para redistribuir los territorios continentales tras el primer fracaso napoleónico, y que sirvió además para que todo el mundo conociera a un joven llamado Beethoven y aprendiera a apreciar y bailar el vals.

Una opinión histórica

El heredero del principado de Ligne tenía razón hasta cierto punto porque no todo fue diversión y trapisonda en el Congreso de Viena, pero su divertida sentencia expresada en francés que era el idioma universal de entonces impuesto desde los tiempos del Rey Sol como lengua franca para que los europeos se entendieran entre sí en la política y en el placer, se hizo lo que ahora llamaríamos “viral”: “Le Congrès dance beaucoup mais il ne marche pas” sentenció el veterano caballero en un arranque de suave pesimismo político perfumado de un fino y aristocrático acento de ironía. Fue sin duda, la visión más esperpéntica pero también la más erudita y sagaz de aquella cita trascendental que respondía a la necesidad de los poderes europeos para reconfigurar la extensa superficie continental que había caído bajo la bota de Bonaparte cuya primera derrota y confinamiento en la isla de Elba, propició precisamente su celebración con el fin de reacondicionar Europa a una existencia sin él, si bien es verdad que el emperador se fugó de su presidio isleño cuando el Congreso estaba celebrándose. Wellington, que representaba en ese momento a Gran Bretaña en la cita de Viena, no tuvo más remedio que pedir dispensa y ausentarse de las sesiones cuando supo que el emperador se había fugado de su dorado cautiverio y andaba otra vez levantado a sus incondicionales en una reaparición que duró exactamente cien días y acabó sepultada definitivamente en los campos de Waterloo en Holanda.

Por su parte Ligne, asistente a los primeros compases de aquella convocatoria cuyos representantes comenzaron a llegar a Viena el 18 de septiembre de 1814 y cuyas sesiones no se hicieron oficiales hasta el 8 de octubre, comprobaba frustrado la parálisis y la suave irresponsabilidad de sus alegres asistentes. Estaba próximo a cumplir los ochenta años y su fama y dominio, así como sus espléndidas dotes políticas y diplomáticas al servicio del Imperio Austriaco le habían convertido en una de las grandes estrellas de aquella cita a la que acudía precedido de una extraordinaria fama de anfitrión incomparable, experto en placeres y insustituible dominador de lo divino y lo mundano. Se le conocía como “le maitre des plaisirs” y se le apreciaba extraordinariamente como consejero y experto dominador de todas las facetas de la condición humana. El 13 de diciembre de aquel año, con el Congreso en plena efervescencia, falleció. Su entierro fue uno de los más fastuosos celebrados en Viena en los siglos de los siglos. Una fecha tan triste como inolvidable.

Monsieur de Talleyrand

Como es evidente, el Congreso no se detuvo por la muerte de uno de sus grandes valedores aunque el diplomático y mariscal fallecido fue objeto de los más encendidos y entusiastas homenajes. La más trascendental cita política y diplomática vista hasta entonces por los siglos, refrendó la capacidad de convocatoria del emperador austrohúngaro Francisco I, el poder y la influencia de su canciller el conde Klemens Von Metternich, tuvo su sede principal en el palacio Hofburg y reunió a representantes de todas las naciones europeas incluyendo el Papado y el Imperio Otomano. También tomaron parte en la cita España y Portugal, dos países enfrentados por una enojosa cuestión de lindes producida precisamente por los desequilibrios propiciados por Napoleón en su expansión por el oeste peninsular.

Sin embargo, y desde el primer momento, se estipuló, aceptó y cumplió que los grandes dominadores de las sesiones serian los anfitriones naturalmente con Metternich al mando, Gran Bretaña, cuya legación encabezaba el irlandés Robert Steward II marqués de Londonderry y lord of Castlereagh, Prusia que estuvo representada por el emperador Federico Guillermo, y Rusia que desplazó al propio zar Alejandro I y una nutrida y poderosa representación en cuyas filas destacaban los consejeros reales Karl Nesselrode y Andrei Razumovski.

Rusia había sido la potencia capaz de parar en seco los deseos expansionistas del emperador francés al que acabó masacrando en un campo de batalla helado y con frío polar, y se guardó para sí un papel preponderante en las decisiones. Los organizadores estimaron la necesidad de invitar también a la cita a los antiguos aliados de Bonaparte e incluso a Francia, el país que se reorganizaba tras la renuncia napoleónica.

Aquella Francia dividida y desorientada tras el fracaso del emperador, que había recuperado su línea dinástica con Luis XVIII envió a un personaje extraordinario. Un clérigo de acusada cojera en una pierna, antiguo representante revolucionario y paradójicamente durante un tiempo ministro de Exteriores de Napoleón, llamado Charles Maurice de Talleyrand Perigord, cuyo irresistible perfil de caballero capaz de acomodarse espléndidamente a lo divino y lo humano, le proporcionaba un diabólico encanto absolutamente irresistible y un dominio del arte del convencimiento que no tuvo parangón entre todos los asistentes. Llegado a Viena como representante de un país vituperado y vencido, se despidió de Viena como el auténtico vencedor del Congreso, una cita social y política que duro ocho meses y medio.

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