La noche en que Ramón Franco se perdió en el mar

28 de octubre de 1938, dos hidroaviones salen de Pollensa para bombardear Valencia. Uno no vuelve más

El Hidroavión CANT Z 506, idéntico al que pilotaba Franco cuando cayó al mar.
El Hidroavión CANT Z 506, idéntico al que pilotaba Franco cuando cayó al mar.

El 28 de octubre de 1938, el mismo día en el que las Brigadas Internacionales se despedían de su participación en la Guerra de España y se disolvían desde Barcelona, el teniente coronel Ramón Franco Bahamonde se precipitaba al mar Mediterráneo junto a su tripulación, cuando volaba a los mandos de un hidroavión CANT Z-506 de fabricación italiana que, al inicio de una misión de bombardeo protagonizada por dos aparatos con cinco tripulantes cada uno desde la base instalada en Pollensa, y en una madrugada fría, nublada y lluviosa, comenzó a perder altura sin causa aparente rumbo a Valencia, el emplazamiento que la misión había fijado como objetivo.

El militar gallego tenía 42 años y una vida a cuestas intensa y no exenta de contradicciones. Era la vida de un militar famoso, héroe de la aviación de principios de siglo, victorioso comandante del hidroavión “Plus Ultra” que en 1926 voló en escalas de Palos de la Frontera a Buenos Aires, de temperamento mutable y personalidad arrolladora, valiente hasta la irresponsabilidad, de carácter aventurero por vocación, imprevisible y seductor. Un personaje fascinante e inexplicable, que unos meses antes, y contradiciendo todos los principios manifestados desde su juventud, abandonó su puesto de agregado militar de la embajada de la España republicana en Washington para unirse a su hermano Francisco y convertirse en aviador de los sublevados.

La vuelta a casa

A pesar de que se han barajado múltiples argumentos para explicar el giro de ciento ochenta grados en las percepciones de Ramón Franco para que se produjera un hecho semejante, ninguno explica suficientemente que el militar gallego abandonara súbitamente sus convicciones y saltara a la península para ponerse incondicionalmente a las órdenes de su hermano Paco quien, inmediatamente, lo puso al mando de la división de hidroaviones en su base de Pollensa, próxima a la sierra de la Tramontana en la isla de Mallorca, le otorgó el grado de teniente coronel y firmó su nombramiento sin informar de ello al general Alfredo Kindelan, jefe de la aviación nacionalista, un militar monárquico, aristócrata y descendiente de irlandeses que detestaba a Franco y no quiso permanecer unido a él en la posguerra. Al saber que el otrora alto cargo republicano Ramón Franco sería comandante de hidroaviones sin que el cargo se le hubiera consultado, escribió una carta de protesta a su hermano Francisco que ni siquiera fue respondida, circunstancia que enconó aún más la relación del aviador con el caudillo supremo de las tropas rebeldes.

El caso es que cuando estalló la guerra civil, Ramón estaba ejerciendo su cargo de agregado militar en la embajada de España en Washington. Muchos historiadores proponen que partió de Ramón la propuesta de volver a España y unirse como aviador a la escuadra aérea de la República pero que Azaña no lo consideró una buena idea y le conminó a que permaneciera alejado. A la frustración del militar gallego se añadió en ese momento una circunstancia que probablemente colmó el vaso. El 22 de agosto de 1936, la cárcel Modelo de Madrid fue invadida a la fuerza por milicianos anarquistas que tomaron el control del recinto y fusilaron sin ningún trámite previo a treinta de los presos de mayor significación que estaban allí encarcelados, entre ellos su compañero en el vuelo del “Plus Ultra” e íntimo amigo, el capitán del Ejército del Aire, Julio Ruiz de Alda, un navarro integrante a partir de 1928 del grupo formado en torno a José Antonio Primo de Rivera, fundador de Falange. El asesinato de su compañero de gesta en el raid aéreo Palos-Buenos Aires y entrañable camarada, unido a otros motivos de orden político que lo defraudaron, convencieron a Franco para que cambiara de bando. Ese mismo mes de agosto, viajó de incógnito a Portugal y desde allí entabló comunicación con el gobierno de su hermano de quien había formulado antaño comentarios sumamente mordaces. “Paco –dijo alguna vez- por ambición sería capaz de asesinar a nuestra propia madre”. Una vez en España de nuevo, e incorporado a su nueva responsabilidad como jefe de la escuadrilla de bombardeo con base en Mallorca, Ramón se distinguió por su valor y pericia en un largo rosario de misiones. Era un aviador formidable y un hombre frío y valiente. Todo iba bien hasta aquella madrugada del 28 de octubre de 1938 en la que el hidroavión que tripulaba el teniente coronel Franco no volvió a casa.

Enigmas mortales

Las múltiples vicisitudes que se dieron en la última misión en la que participó el aviador gallego han dado material suficiente para que la muerte de Ramón Franco adquiera la categoría de misterio y sus circunstancias se encuentren sometidas a un permanente debate. Para empezar, muchos autores sospechan que el verdadero objetivo de la expedición formada por dos hidroaviones CANT Z-506 Airone –un aparato trimotor monoplano de fabricación italiana y capacidad para cinco tripulantes cuya estructura estaba, aunque cueste creerlo, confeccionada íntegramente de madera- que salió de madrugada aquel día con unas condiciones meteorológicas muy adversas desde la pista del aeródromo de Pollensa, no se dirigían a Valencia sino a Barcelona para bombardear el acto de despedida tributado a las Brigadas Internacionales que abandonaban el país cuando la República sospechaba fundadamente que la derrota era irremediable. Al comandante del vuelo Ramón Franco, acompañaban en aquel avión, el teniente de navío Melchor Sangro en funciones de especialista en electrónica y navegante, el sargento Joaquín Díaz como bombardero, el sargento Emilio Gómez Martí como mecánico, y el cabo José Canavés en la radio.

El otro hidroavión, idéntico al anterior, estaba al mando del capitán Rodolfo Bay Wright, un personaje de notable importancia en el desarrollo de la industria naval española en las décadas posteriores. Rudy Bay, como le llamaron sus íntimos y le conoció la prensa que lo tuvo en gran estima y le dedicó muchas páginas, era hijo del cónsul danés en Cádiz e ingresó como piloto de la compañía Iberia en su fundación, manteniéndose en ella durante décadas. Piloto de hidroaviones en la base de Pollensa durante la Guerra Civil, en 1959 fue el cofundador de la compañía Spantax que presidió hasta 1986 cuando, abrumado por la muerte de su hijo y comandante de la compañía en accidente de automóvil, y urgido por sus malos resultados y el accidente de un avión de Spantax en Málaga con 59 muertos, aceptó el retiro voluntario.

Bay contó en sucesivas entrevistas, cómo en la madrugada en que iban a cumplir aquella misión, recibieron la orden de permutar sus aviones aunque las respectivas tripulaciones permanecieran, lo que les causó una gran sorpresa. Algunas fuentes apócrifas cuentan que una rueda del avión de Franco apareció rajada lo que hizo necesario mudar de aparato porque no había gomas de recambio. El argumento no tiene lógica pues los hidroaviones no tienen ruedas ya que aterrizan y despegan desde el agua. De hecho, las dotaciones marchaban en botes hasta los aviones, posados sobre sus flotadores en la bahía. Ambos aviones se pusieron en marcha justo a las 4,45 de la mañana.

Bay, que volaba a la izquierda del avión de su comandante, recuerda que el tiempo era infernal y que una vez en vuelo casi al inicio de la travesía, volando a la altura del cabo Formentera a cuatro mil metros de altitud, el avión de Franco comenzó a perder altura y a vencerse por el ala de estribor. El futuro fundador de la mayor compañía de vuelo charter de España durante mucho tiempo, recordaba que se puso a su lado para ver qué le ocurría pero fue en vano y de hecho, hubo de accionar los flaps del suyo para no entrar a su vez en pérdidas. El hidro de Franco cayó en barrena y se perdió entre los cúmulo nimbos rumbo al mar. Bay y los suyos dieron tres pasadas sobre la superficie, nada vieron, abortaron la misión y volvieron a la base para dar parte del suceso. Tras tener conocimiento de la situación, se constituyó un operativo de salvamento con varios barcos y aviones sobrevolando la zona a la búsqueda de los restos de una unidad cuya radio no respondía desde el momento en que el aparato comenzó a descender en picado. Era viernes y el domingo por la mañana, el minador “Vulcano” avistó los restos del aparato siniestrado. A las 9’30 apareció flotando el cadáver del teniente Sangro, y minutos más tarde fue localizado el del mecánico Gómez Martí. A las diez y media se rescató el cadáver de Ramón Franco. Presentaba una fractura abierta en el tobillo y un gran boquete en la cabeza, y aunque durante los primeros momentos se especuló con la posibilidad de que el militar gallego se hubiera disparado un tiro en la cabeza con su propia pistola, la hipótesis se descartó pronto. La herida era consecuencia del brutal impacto contra el agua.

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