Rande: secretos escondidos bajo el lodo de la Ría de Vigo
321 años de la batalla que hundió la flota más rica del mundo y cambió la Historia
1 de noviembre de 1700Su Serenísima Majestad el rey Carlos II de Habsburgo entregó su alma a Dios recién cumplidos los 38 años, aunque los médicos al servicio de la Real Casa jamás supieron
ADIÓS AUSTRIA, HOLA BORBÓN
El último de los monarcas españoles de la Casa de Austria representa por tanto con la máxima propiedad, la paulatina depreciación de una dinastía que con su persona llegó expresamente al punto sin retorno. Carlos II, conocido como el “Hechizado”, era un joven prácticamente incapaz de mantenerse erguido, cuya visión impresionaba por su fealdad y pregonaba la fragilidad de su salud física y mental, ambas víctimas de un rápido y trágico deterioro suficiente para originar un grave contencioso dinástico cuyas consecuencias afectaron a toda Europa. El monarca, fallecido sin sucesión directa, dejó en prenda al tiempo de que sus restos se depositaban en el Panteón de Reyes del Monasterio del Escorial, un complejo debate que originó la Guerra de Sucesión cuando el trono español vacante fue disputado encarnizadamente por dos aspirantes coronados del continente que se veían con derechos a sentarse en el trono de España, de cuyo litigio salió vencedor Felipe de Anjou, nieto de Luis XIV de Francia, llamado el Rey Sol y tenido por el soberano más poderoso de la monarquía francesa de todos los tiempos. Felipe era un príncipe nacido en Versalles, tenía al tomar posesión de la corona en una ceremonia oficiada también en Versalles, 17 años, e inauguraba con su presencia la dinastía Borbón en el trono español que todavía hoy perdura. El pretendiente, Carlos de Habsburgo, que perdió la pugna, fue el preferido de la población de Cataluña a la que prometió un tratamiento arancelario y fiscal privilegiado. Su fracaso ha marcado a fuego la historia catalana desde la fecha del conflicto hasta nuestros días.
LA FLOTA DE LAS INDIAS
La llamada Flota de Indias que sucumbió en el estrecho de Rande -un estrangulamiento que angosta la ría de Vigo en su tramo final- llevaba anclada en el puerto de Veracruz en México desde 1699 cuando los ministros del rey Carlos II –cuyo estado físico y mental era por entonces ya lamentable e irreversible- decidieron enviar una expedición a ultramar para recoger la cosecha de un largo tiempo de producción cuyas aportaciones necesitaba con urgencia la Hacienda Real y la propia Corona como argumento imprescindible para financiarse. El todopoderoso valido del monarca en aquella etapa final era el arzobispo de Toledo y Consejero de Estado, Su Eminencia Luis Manuel Fernández de Portocarrero y Bocanegra, quien ordenó la concentración de una flota mercante capaz de transportar a España los beneficios de varios años de producción en las posesiones americanas cuya entidad debería bastar para equilibrar la precaria balanza de pagos en unos tiempos muy difíciles para el erario público cuyas arcas no tenían otra cosa que telarañas.
La flota hubo de esperar casi tres años para hacerse a la mar de vuelta, como consecuencia del estallido de la Guerra de Sucesión promovida por el Archiduque Carlos, quien nada más morir su padre se proclamó único y legítimo rey de España, residiendo en Barcelona y disputando el trono al coronado Felipe, cuyos ejércitos acabaron derrotando al pretendiente austriaco. La guerra originó un completo cambio de escenario en toda Europa, establecido por las alianzas y enemistades que se perfilaron al compás del conflicto. De hecho, y para proteger los bienes de la Corona española que ostentaba un rey de la casa de Anjou, Francia envió a América una poderosa escuadra de combate comandada por el almirante François Louis de Rousselet marqués de Chateau Renault, con la misión de dar escolta al convoy, mientras el Reino Unido y Holanda, opuestos a que el trono español pasara a manos de un francés, se aliaron con el aspirante de la casa de Austria. Finalmente el 24 de julio de 1702, cincuentaisiete barcos componentes de la expedición franco española partieron del puerto de Veracruz supuestamente rumbo a Cádiz, aunque se apunta la posibilidad de que la propia Corona diera órdenes secretas al capitán español, Manuel de Velasco y Tejada, para que cambiara de enfilación durante el trayecto y pusiera proa a Pasajes, el puerto vasco que los ministros del rey suponían más apropiado para llevar a cabo un arqueo escrupuloso y honrado del inmenso cargamento, mucho más fiable que en Cádiz donde la corrupción campaba a diestro y siniestro.
UN BOTÍN EXCEPCIONAL
En mitad del trayecto, y advertida en agosto de ese año por barcos que hacen el recorrido contrario, la flota se entera de que ha estallado la guerra y que Cádiz está sitiada por un poderoso contingente compuesto de 150 buques anglo holandeses con 14.000 soldados a bordo. Comienzan las dudas entre los responsables del convoy, y prefieren pensar en Sevilla hasta que uno de los pilotos que es gallego le narra al almirante Velasco las excelencias estratégicas de un paso de mar en las costas de su tierra llamado Rande que estrecha el acceso hacia el fondo de la ría de Vigo y que es el lugar más idóneo para preparar una defensa y mover la mercancía a tierra, a pesar de que hay barcos enemigos rondando Fisterra y una activa red de espías trabajando para la Corona británica al otro lado de la frontera. El que finalmente advirtió a los ingleses que la flota de las Indias estaba en Rande fue un espía portugués. Portugal entró en la guerra del lado de los enemigos de Felipe de Anjou.
CINCUENTA MIL MILLONES
Entre el 21 y el 25 de septiembre todos los barcos de la escuadra de ultramar estaban en la ensenada de San Simón fortificándose. Contaron con algo más de un mes para llevar a cabo preparativos de defensa y el desembarco de la mayor parte de la carga de abordo. En este delicado operativo en el que le iba la vida a la Corona, fue pieza clave el segoviano Gaspar Antonio de Zúñiga, un noble, militar y político de muy buena disposición, inteligencia y habilidad gestora, cuyo matrimonio con María de Aremberg lo convirtió en príncipe de Barbanzón, un título a añadir a la larga cadena de los poseídos por familia. Zúñiga ostentaba en esos momentos la capitanía militar y virreinato de Galicia, y sus espléndidas dotes organizativas le permitieron reclutar un amplio contingente de milicias para defender las dos fortificaciones a ambos lados del estrecho, preparar las barreras tendidas en el mar para detener el paso de los buques rivales, y especialmente confiscar mil doscientos carros de bueyes y contar con 6.000 hombres para trasladar toda la mercancía contenida en los buques y enviarla por tierra a Madrid. Los expertos suponen que cuando los británicos accedieron a los pocos buques que quedaron a flote, el grueso de la inmensa riqueza ya había sido evacuado y estaba depositado a buen recaudo en la capital del reino.
Las riquezas de Rande sirvieron para que Felipe V pagara todas sus deudas, saneara las arcas reales, ganara la guerra -que no acabó hasta 1714 con la rendición de Barcelona- y consolidara definitivamente su trono. Cuando a primeros de noviembre, la inteligencia británica supo que la flota franco española estaba en Rande, los refugiados ya habían compuesto un plan de defensa suficientemente sólido para resistir una dura batalla. Tendieron en la bahía de San Simón una línea de defensa bajo el mar hecha de troncos, cables, cadenas, mástiles y barriles embreados para dificultar la entrada de la flota enemiga, y en ambos flancos se situaron dos barcos de línea franceses, “L’Esperance” de 70 cañones fondeado en el flanco sur, y “Le Bourbon” de 68 que se situó en el norte. Los buques de escolta españoles, Capitana y Almiranta, formaron una primera avanzada tras las defensas, con una formación en media luna de quince navíos de combate franceses a la espalda. Al final de estas líneas defensivas esperaban los catorce galeones, el grueso de la flota de carga, fondeada muy cerca de tierra y prácticamente en lastre tras soltar las inmensas riquezas que viajaron a bordo. Un cálculo aproximado de los tesoros que contenían la carga sitúa su valor en 50.000 millones de euros actuales, si bien y probablemente lo inscrito oficialmente era menos de lo que se embarcó en verdad, como fruto de la corrupción existente capaz de consignar una cantidad inferior a la real en cada partida y quedarse con la diferencia. Los barcos iban armados en principio con cuarenta cañones, pero Velasco ordenó aligerar de armamento las embarcaciones para otorgar más espacio a las mercaderías. En consecuencia, los mercantes embarcaron más toneladas de género y dejaron en tierra la mitad de sus cañones.
La batalla de Rande comenzó a ganarse en tierra
Aunque resulte difícil de creer, las claves que determinaron el resultado del enfrentamiento no hay que buscarlas en la mar sino en tierra. Las tropas holandesas y británicas que avanzaron desde el interior hasta la costa fueron las encargadas de demoler las defensas situadas a ambos lados del estrecho, los castillos de Corbeiro al norte y Rande al sur, que batían con su artillería el paso de la flota anglo holandesa en su intento de invadir la bahía y cercar a los buques enemigos en serias dificultades para maniobrar en ámbito cerrado. Previamente, el día 19 de octubre y en misión de avanzadilla para auscultar el escenario, dos fragatas rápidas británicas llegan a la costa de Vigo e incluso hicieron prisioneros a varios pescadores quienes informan de la situación a sus captores. En Rande se agilizaban los últimos tramos de la descarga que tomó Segovia como referencia de etapa para intercambiar transportes de refresco.
EL DESASTRE NAVAL
El 22 arribó a Rande el grueso de la escuadra que llegaba tras un primer fracaso en la toma de Cádiz donde el almirante George Rooke gastó recursos y hombre en vano. Atormentado por la gota y escocido por el fracaso gaditano, el marino inglés no podía permitirse otro tropezón de modo que muy temprano, en la mañana del lunes 23, inició el ataque desde tierra con tropas de infantería veteranas que tomaron pronto las fortificaciones mientras, tras varios intentos en vano, el “HMS Torbay” abrió brecha en la barrera submarina si bien quedó inutilizado tras hincar la proa en la defensa. Sí pasó el “Zeven Provinciën” holandés, un poderoso galeón de línea de 90 cañones que inutilizó a los dos barcos franceses que guardaban los dos extremos del paso. Allí se acabó todo.
A partir de ese momento, tanto Velasco como Chateau Renault no pensaron en otra cosa que en hundir los barcos que les quedaban para evitar que fueran presa del enemigo. Aún así, cinco barcos franceses y seis españoles fueron capturados por el enemigo entre ellos, el “San Juan Bautista”, paradójicamente un barco que en sus comienzos fue ingles con el nombre de “HMS Darmouth”, capturado por Francia y vendido a España posteriormente. Por tanto, fue otra vez inglés con el nombre de “HMS Vigo”.
RECUERDOS DE LA BATALLA
La batalla de Rande fue una carnicería y dos mil hombres por los vencidos y unos mil por los vencedores dejaron allí la vida. Estos paladearon una satisfacción moderada aunque la victoria se celebró por todo lo alto en Londres que hoy dedica una calle próxima a Picadilly bautizada como Vigo Street en homenaje a esa victoria naval. Para los británicos, el episodio es conocido como batalla de Vigo y un pequeño pueblo del distrito de Gravesham en el condado de Kent, a una hora en coche de Londres, también se llama Vigo. Al parecer, un veterano de la batalla estableció en el lugar una posada llamada así, cuyo nombre acabó extendiéndose.
El paso de Rande fue usado por Julio Verne como escenario de uno de sus capítulos en la novela “20.000 leguas de viaje submarino”.
Conviene insistir en que “HMS Vigo” fue nombre habitual para unidades de la Royal Navy británica. En la actualidad, “HMS Vigo” está vacante pero uno de los cinco barcos que se llamaron así estaba de servicio en Santa Helena cuando Napoleón falleció. Su oficialidad se encargó de certificar la muerte del emperador.
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