Los funerales del coronavirus
VIGO
La muerte en tiempos de cuarentena obliga a realizar despedidas exprés y a celebrar las misas sin público
Si ya es dolorosa la muerte de un ser querido, los tiempos de coronavirus que nos han tocado vivir añaden más tristeza y sufrimiento a una despedida que, por los requisitos del aislamiento, resulta extremadamente fría y distante. Si hay un momento en la vida en que se necesita un abrazo de consuelo de los que nos rodean éste es uno de ellos, pero ese gesto reconfortante debe quedar en la intención y a más de un metro de distancia.
Cementerios y tanatorios se han visto obligados también a reducir las ceremonias fúnebres a la mínima expresión, con aforos muy limitados, breves responsos de despedida y féretros que no se pueden abrir para una última despedida si el fallecido tenía coronavirus.
El ritual para todos los que vivimos el estado de alarma se convierte casi en un trámite exprés, resulta frío, atropellado, inhumano. El duelo queda como aplazado. Otra cosa es “la procesión” que va por dentro y que ningún coronavirus puede tocar. Se publican esquelas y muchas familias comparten los recuerdos del ser querido a través de interminables conversaciones de whatsapp, pero cada uno en su casa, en su obligado encierro.
Los católicos siguen teniendo acceso a servicios que consideran básicos, como la extrema unción para los enfermos o un funeral aunque sea sin público. Los sacerdotes responden a las demandas en la medida de sus posibilidades y con la protección que marcan los protocolos, desde la distancias de seguridad a los medios de protección individual cuando es el caso. Visitan a los moribundos pero no pueden acercarse ni tocarlos en según que casos. Los sacerdotes siguen oficiando la misa diaria y rezan por los difuntos, también por los que tienen nombre y apellido y acaban de irse en medio de la cuarentena general. La diferencia es que ahora lo hacen en una iglesia estremecedoramente vacía. Todo esto sigue siendo un consuelo para la mayoría de los creyentes, que dejan para más adelante la celebración de un nuevo funeral en el que todos puedan estar físicamente presentes. “Es muy duro para un sacerdote decir la misa solo”, asegura Alberto Cuevas, párroco de la Soledad. Frases como “El Señor esté contigo” o “la paz sea con vosotros” suenan extrañas en iglesias forzosamente vacías.
Cuando se trata de un fallecido señala que “uno de los dolores que se acumula a la pérdida de un ser querido es no poder despedirlo. La gente no se puede abrazar para consolarse, emocionalmente es muy díficil. Y el dolor del sacerdote es no poder acompañar a los que sufren porque nuestra vocación es esa”, explica Alberto Cuevas.
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