El imborrable recuerdo de José Miguel Santodomingo

Episodios vigueses

Él y su esposa, Isabel Harguidey, que sigue tan guapa como siempre, eran una pareja entrañable siempre presente en la vida social de Vigo

José Miguel Santodomingo.
José Miguel Santodomingo.

La suerte de haber sido un viejo periodista ordenado me ha permitido conservar un buen archivo fotográfico de un tiempo pasado y que, de vez en cuando, al meterme en el mismo, salgan a mi encuentro viejos y queridos amigos que encienden nostálgicos recuerdos y recuperan viejos afectos. Y eso acaba de pasarme con un amigo querido y singular personaje, a quien tanto echamos de menos. Esta vez he recuperado el amable rostro de José Miguel Santodomingo, al que conocíamos como “El único empresario de izquierdas”. El y su esposa, Isabel Harguidey, que sigue tan guapa como siempre, eran una pareja entrañable siempre presente en la vida social de Vigo, cuando ésta valía la pena, sobre todo en actos culturales y de convivencia en general. Como otras veces he dicho, citando a Le Corbusier, la ciudad es el lugar donde uno se reconoce y uno cada día lamenta haber ido dejando de encontrar a esos perdurables amigos tan queridos. Por cierto, que un recuerdo lleva a otro, y a propósito de Isabel Harguindey, uno recuerda a su madre, Pepita, la señora más guapa de Vigo, con quien tantas veces conversé y otros queridos amigos de Laxeiro en el viejo Goya. Era una señora admirada, de enorme sencillez. Y guapísima y moderna.

Yo pasé muchas veladas con José Miguel, en compañía de otros queridos amigos y amigas como Mara Costas y Ana Míguez, en la casa que ésta tiene en Baiona. Otras veces en Vigo y en lugares diversos, donde se comiera bien. Para mí, José Miguel era el exponente de un personaje de sencilla cordialidad, el más alejado del concepto del señorito de buena familia. Y me consta el respeto y el cariño de que gozaba entre los viejos dirigentes de izquierda y del sindicalismo democrático. Hábil conversador, me encantaba escuchar sus historias y anécdotas y la gracia con que expresaba su opinión sobre otros personajes de aquel Vigo de los años setenta y ochenta. Confirmaba que, si más de dos piensan que uno era gilipollas, por el principio de la estadística. “No falla. Es gilipollas”.

Aunque ya me he referido a este hecho, aunque no lo identificaba a él directamente en la historia, hay un episodio que incluso he recordado con su hijo abogado, riéndonos de la singularidad de su excepcional padre. José Miguel era muy querido y respetado en los ambientes de izquierda, desde el anarquismo, el comunismo al socialismo, que con frecuencia recurrían a él para algún favor. En una ocasión, permitió que, en una finca de su propiedad cercana a Vigo, se celebrara una reunión de viejos militantes que se encontraban en el exilio y que no podían, por sus antecedentes, entrar en España a riesgo de ser detenidos. Creo recordar que era anarquistas o comunistas. La reunión se celebró en la citada finca, pero dada la emoción, uno de aquellos veteranos falleció de repente. Y la papeleta era complicada. No era posible dar parte el juzgado, por la serie de repercusiones que originaría a unos y otros. Y se procedió a la inhumación del fallecido en la misma finca. Se hizo con todo respeto civil.

Digamos, por si alguno se alarma, que si hubiera habido delito de inhumación ilegal ya está más que prescrito. Yo recuerdo, sobre todo, el modo en que Jose Miguel nos contaba esta peripecia a unos amigos en el Goya, porque aparte de la historia misma, el propio relato era, con respecto al fallecido, muy divertida. Nos lo imaginábamos. Ahora nos puede dar la risa, pero en aquel tiempo ni en este el asunto es una broma. El Código Penal impone la pena de cinco a ocho años de prisión y de quinientos a mil días multa, a quien incinere, sepulte, desintegre o destruya total o parcial el cadáver o restos humanos de una persona no identificada, sin autorización de las autoridades competentes en la materia. De todos modos, al buen señor le hicieron un entierro solemnísimo.

Como nos caíamos bien, y ambos éramos amigos del buen yantar, solíamos coincidir siempre en lugar adecuados, muchas veces, como digo, en la casa de Ana Míguez. Pasábamos la tarde o la noche conversando de todo y, cuando no nos daba tiempo de dejar arreglado del todo el país, quedábamos para otro día. Yo espero que a su familia les agrade este recuerdo y tener la ocasión de entregarles unas copias de estas fotos que han dormido tantos años en mis archivos. Al encontrarme de nuevo con su rostro he sentido que de nuevo nos dábamos un abrazo. Y nos volvíamos a reir.bordo, sentado en la cámara de aquel barco, tan vinculado a la vida de un personaje como fuera el conde de Barcelona. Contemplando sus pareces pensaba yo la de secretos que guardarían.

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