Nuevos vigueses: “Lo que dejé atrás en mi país ya no existe”

Inmigración

Migrantes de diferentes partes de Latinoamérica encontraron en Vigo un lugar para vivir: “Me sorprendió lo grande que es la Ría”

Soledad Dosil y Robert Alejandro Hernández, en Vigo con el Halo al fondo.
Soledad Dosil y Robert Alejandro Hernández, en Vigo con el Halo al fondo.

En Vigo hay cabida para todos. Tanto para autóctonos como para nuevos vigueses que, motivados por diferentes situaciones, han recalado en la ciudad en los últimos años y buscan aquí su espacio en el mundo. La mayoría proceden de Latinoamérica, un continente donde apuntan que el aumento de la criminalidad y la delincuencia, así como la voraz inflación, hace que vivir sea muy difícil. La llegada de inmigrantes a la ciudad, según los datos, han podido equilibrar la caída de la natalidad en los últimos años para mantenerse rondando los 300.000 habitantes. Ya sean jóvenes o adultos, no existe edad para asentarse en un nuevo hogar.

Uno de esos nuevos vigueses es Soledad Dosil. Uruguaya de 46 años vivió la degradación de su país pese a que “se está realizando mucha propaganda en Europa con que somos uno de los lugares más seguros de Latinoamérica”. Su cambio de residencia se empezó a gestar con la marcha de su hijo a Portugal una vez cumplidos los 18 años: “Me quedé muy triste, tanto que de un día para otro vendí todo y me fui con él allí”.

Conocedora del idioma portugués, la ciudad lusa le abrumó con su ajetreo constante, además de sumarle la explosión del covid, que le impedía encontrar trabajo. “Hubo un momento en el que pensé en tirar la toalla y volver a Uruguay”, señaló Dosil. Pero ahí apareció un vigués, su actual pareja, que hizo que todas las piezas encajasen: “Visité Vigo y me encantó. Ya solo regresé a Lisboa para coger las maletas e irme allí de nuevo”. Aparte de la Ría, algo que “me sorprendió muchísimo verla tan grande”, puso en valor la seguridad de Vigo en comparación con la de Montevideo. “En mi último año allí tenía que coger un taxi por la noche porque no podías caminar por la calle”, apuntó Dosil, que sigue teniendo a su hijo en la capital portuguesa y a quien visita siempre que puede.

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Robert Alejandro Hernández también vivió momentos de violencia en su Venezuela natal, hasta "sufrir un atraco un mes antes de venir a Vigo donde me golpearon hasta romperme la nariz”. En su caso, su cambio fue más sencillo por contar con la doble nacionalidad y tener a su hermana y uno de sus mejores amigos, que habían aterrizado meses antes en Vigo: “Vi factible emigrar porque tenía facilidades y sería para mí un sitio muy familiar”. Aunque, para ello, dejó hace casi cinco años un buen trabajo como encargado en una empresa de cortinas pese a que “con la inflación, el dinero allí no valía nada”.

Con una ayuda por emigrante retornado comenzó una nueva vida en Vigo, algo que no quiere perder porque “no tiene sentido que me vaya de aquí, porque acepté que todo lo que dejé en Venezuela ya no existe y que después de cinco años, estará todo destruido”. No le costó encontrar trabajo en su primera semana aterrizado en la ciudad, aunque asegura que “fue algo precario” pero se sorprendió por la calidez de los vigueses y su fácil adaptación: “Algunos compañeros me contaron que habían sentido algo de rechazo, pero no fue mi caso”.

Tanto Soledad como Robert trabajan ahora como repartidores en una empresa de comida a domicilio. Un punto de apoyo para conseguir esa estabilidad deseada en un país en el cuál ya se sienten partícipes de su cultura y su historia, y la idea de regresar a sus orígenes ha quedado totalmente olvidada. “Quiero quedarme en Vigo, formar una familia y tener una casa en propiedad”, asegura Robert como principales objetivos a corto-medio plazo. “Me veo aquí, conociendo lugares y siempre intentando mejorar en lo laboral”, indicó Soledad.

Ambos señalan la peligrosidad de sus respectivos países y la búsqueda de un lugar más seguro como la razón principal por emigrar, aunque haciendo hincapié en la política inflacionaria que están sufriendo algunas zonas de América del Sur, que hacen que la vida valga cada vez menos y que un salario medio puede llegar a no ser suficiente para cubrir necesidades básicas.

"Llevaré a Vigo conmigo"

El caso de Yorlet Briceño es distinto. Pese a solo contar con 15 años, por el trabajo de sus padres ya conoció tres países distintos. Nacida en Venezuela, con 9 años se fue a Ecuador ante una oportunidad laboral de su padre y la situación de inseguridad que ya campaba en Venezuela. Era el 2017. “Recuerdo de pequeña ver cómo la situación se radicalizó en poco tiempo, y lo que era algo cotidiano se convirtió en un lujo”, señaló Yorlet. Mudarse a Ecuador no fue la solución a ese inseguridad: “Había tal problema que muchos días del curso escolar los hacíamos a distancia porque había amenazas de bomba en el colegio, y pasábamos muchos controles de seguridad solo para ir al instituto”.

Yorlet Briceño posa con su libro en el Puerto de Vigo.
Yorlet Briceño posa con su libro en el Puerto de Vigo.

Hace poco más de un año recaló en Vigo con sus padres. La sensación de seguridad fue diferente y pudo llevar a cabo ambiciones personales, como la publicación de su libro “La familia Durand” y seguir formándose para estudiar periodismo en un futuro. “Une mis dos pasiones, la literatura y la televisión”, comenta. Pero, a diferencia de Soledad o Robert, a Yorlet sí le gustaría volver a conectar con sus raíces venezolanas y “poder volver allí, sería muy lindo porque todo deseo de una persona es ver su nación recuperada”, aunque considera que “a corto plazo no será posible”. Si eso llegase a suceder “llevaré a Vigo siempre conmigo, en mi corazón. Está marcando mucho mi adolescencia y madurez, aprendo el gallego porque me parece un idioma muy bonito y aquí se le da mucha importancia a la cultura, cosa que en Latinoamérica no sucede y seguramente no podría tener escrito un libro a mi edad”.

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