Rosana y 'Potito', víctimas del incendio de Vigo y su lucha para sacar a sus 4 hijos adelante
Ella, de 29 años, falleció junto a tres de sus pequeños, Aldara (que ayer cumplía los 14), Sara (12) y Ezquiel (11). Jummy (8) se encuentra estable y el padre, de 31, muy grave
La tragedia sacudió de lleno a una familia, la que formaban Rosana, de 29 años, y su marido Emilio, cariñosamente conocido como ‘Potito’. Junto al cuerpo de la madre se hallaron los de tres de sus hijos: Aldara, que precisamente ayer cumplía los 14; Sara, de 12; y Ezequiel, de 11. El padre logró sobrevivir junto a la pequeña de la casa, Jummy, de 8, a la que mantuvo a resguardo con su camiseta en la ventana hasta la llegada de los bomberos.
A falta del resultado de las autopsias, los cuatro fallecidos, que fueron identificados judicialmente a última hora de la tarde, habrían perdido la vida por asfixia aunque registrarían quemaduras por el calor térmico.
Mientras, el padre, Emilio, se encontraba en estado muy grave en Povisa. Según sus familiares, el parte médico era desalentador: tenía muy afectados los pulmones y se preveía la amputación de una pierna e incluso uno de los brazos, debido al riesgo de que la infección se extendiera. Respecto a la niña, que fue trasladada desde el Hospital Álvaro Cunqueiro a la unidad de quemados del Hospital de A Coruña, a última hora las noticias eran que estaba estable. El resto de los heridos todavía ingresados, tres más, permanecían intubados en Povisa.
Esta familia era muy querida en la zona. “Era lo mejorcito del edificio”, aseguraba una comerciante que afirmaba que “los padres siempre estaban pendientes de los niños, eran muy educados, no daban problemas, al contrario”. La opinión era generalizada en la calle Alfonso X, “era una familia muy buena”.
El matrimonio, aunque muy trabajador, no había tenido mucha suerte. Ella natural de A Coruña, él de Vigo, fueron desalojados primero de unas chabolas en Navia y luego de la zona junto a la Cidade da Xustiza. Probaron a buscar un alquiler, pero no tuvieron suerte, así que no tuvieron más remedio que okupar una vivienda. Ambos vivían de una ayuda y de la chatarra, aunque habían trabajado también en los mercadillos de Bouzas y Coia, todo “por sus hijos”, explicaban familiares. A pesar de las vicisitudes, destacaban de ellos “la sonrisa y las buenas personas que eran”. “Unas horas antes, Rosana había colgado una foto en redes, siempre feliz con sus niños”, aseguraban mientras lamentaban que la tragedia había golpeado duramente un día que iba a ser especial, por el 14 cumpleaños de Aldara, la hija mayor.
Sinaí Giménez, primo de las víctimas: “No se les dio ninguna oportunidad"
Sinaí Giménez, presidente de la Sociedad Gitana Española, se vio ayer directamente golpeado por la tragedia, ya que tanto la fallecida como su marido eran sus primos. Tras calificar a la familia de “personas muy buenas” y luchadoras que lo daban todo por sus hijos, lamentó que “no se les diera ni una oportunidad”. Según explicó, “sufrieron racismo institucional porque por ser gitanos nadie quería alquilarles una casa. Vivían de un ingreso mínimo y estaban en riesgo de exclusión, se vieron obligados a okupar”. Giménez afirmó que Rosana “viendo lo que había en ese edificio, con personas conflictivas, con problemas de drogas y con incidentes constantes, se dirigió a servicios sociales porque quería acceder a una vivienda social, pero no había recursos”. Como presidente de la Sociedad Gitana Española pidió a las administraciones que se impliquen con las personas en riesgo de exclusión “que sean los concellos los que alquilen viviendas para poder ofrecer una vivienda a estas familias, para garantizar un derecho constitucional”.
Por su parte, el Concello descartó ayer haber tenido un trato diferente por que la familia fuera de etnia gitana, asegurando que no hace distinciones, sea cual sea su nacionalidad, etnia, religión o procedencia. Aseguró que estas familias recibieron atención permanente siendo usuarios de los servicios sociales y que los menores fallecidos estaban por decisión autonómica, en un centro de día.
Carmen, una abuela destrozada: “No hay consuelo”
La muerte de los tres menores y su madre generó momentos de enorme dolor entre los familiares más cercanos. Las abuelas de los niños se abrazaban desconsoladas ayer a las puertas del hospital Ribera Povisa, que puso a disposición de familiares y allegados, un punto de atención y apoyo psicológico en el salón de actos del hospital, atendidos por profesionales voluntarios de Cruz Roja. Carmen, madre de Emilio y abuela de los tres niños fallecidos, agradecía la atención recibida, pero, sin poder contener las lágrimas aseguraba que “no hay consuelo”. “Es una tragedia”, mientras resaltaba lo buenos y felices que eran sus nietos y mostraba su esperanza en que su hijo y la pequeña pudieran recuperarse.
Reconocía estar “destrozada” por un suceso difícil de digerir. “Cuando me acosté estaban vivos, habían estado en casa jugando a los videojuegos y luego…”, explicaba otro familiar y residente en el edificio. Los voluntarios estuvieron arropando a las familias, con las que también estuvo el responsable de Os Ninguéns, Antón Bouzas, quien conocía la situación del matrimonio y mostraba su enorme pesar por lo ocurrido.
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