El submarino de Sanjurjo para defender Vigo de los yankees
vigo
Fue costeado y construido en su factoría “La Industriosa”. Mañana se conmemoran 120 años con un acto en el museo
nnn Las crónicas navales determinan que el primer combate en el mar en el que intervino un sumergible se produjo durante la Guerra Civil de los Estados Unidos y en el enfrentamiento se contabilizó también el primer hundimiento atribuible a una nave submarina. El 17 de febrero de 1864, el submarino confederado “CSS Hunley”, logró conectar una bomba al casco del crucero federal “USS Housatonic” que formaba parte del cinturón de buques del bloqueo nordista al puerto sureño de Charleston en Carolina del Sur, y la explosión del artefacto causó tales daños que el barco azul se hundió irremediablemente. El “CSS Hunley” es el primero de su especie y un referente en el que cabe la posibilidad de que se inspirara el industrial vigués Antonio Sanjurjo Badía para poner en marcha el proyecto de su sumergible de combate que pretendía destinar a la defensa de Vigo ante un hipotético ataque de la armada de los Estados Unidos tras la que acabó con la presencia española en sus antiguas colonias ultramarinas.
Por tanto, es el sumergible confederado el primer referente histórico de un elemento destinado al combate en el mar, utilizando como campo de acción las aguas bajo la superficie, y debe su nombre a su inspirador que se dejó la vida en el desarrollo de este proyecto que años después desarrollaría con mayor propiedad el oficial de Marina e ingeniero, Isaac Peral en Cartagena. Con una eslora que no superaba los doce metros y la forma de un cigarro habano, el sumergible “CSS Hunley”, fue botado mediante railes de ferrocarril en el verano de 1863 en Charleston, y en la primera prueba de mar realizada en Mobile no consiguió salir a flote y perdió a cinco de sus tripulantes. En la segunda tentativa y con su inventor Horace Hunley a bordo, tampoco logró ganar la superficie y en el intento murieron ocho hombres incluyendo el propio Hunley que se ahogó con sus camaradas de ensayo. La tercera tripulación fue la que obtuvo la preciada recompensa de mandar al hondo a un barco nordista. El sumergible estaba a las órdenes de un valeroso oficial, el teniente de Caballería del arma confederada, Charles Erasmus Dixon, un joven de 23 años que en la vida civil era ingeniero naval recién graduado, oficial, caballero ejemplar y masón adscrito a la Logia de su ciudad. Nativo de Kentucky, aunque habitante de Mobile en Alabama donde se unió a la milicia voluntaria, recibió su bautismo de fuego nada más entrar en campaña y una moneda de oro de 20 dólares que llevaba en su uniforme le salvó la vida. Fue herido de rebote en una pierna y cojeó el resto de su corta existencia que finalizó un par de años después a bordo de un sorprendente barco que operaba bajo la superficie del agua.
Dixon fue el comandante del sumergible durante esta única misión que acabó con el buque enemigo y también con el submarino mismo. La explosión de la carga, colocada mediante un bauprés en proa, que se soltaba con un cabo una vez aproximada al casco enemigo, también se llevó por delante al “CSS Hunley” y a los ocho miembros de su dotación. El crucero federal se hundió en cinco minutos llevándose al fondo a cinco –dos oficiales y tres marineros- de sus 160 hombres.
De los pedales a la maquinaria
El sumergible ideado por Antonio Sanjurjo era una nave pensada expresamente para llevar a bordo no más de tres tripulantes, y había sido ideada y construida gracias al talento y los medios de un esfuerzo estrictamente privado. El de un personaje espléndido, audaz, visionario y finalmente triunfante emprendedor que, tras años en la emigración y no pocas vicisitudes, se había convertido en dueño de una empresa que contaba con fundición y forja, talleres de reparación naval, cadenas de montaje y astillero. El proyecto de Sanjurjo comenzó a cobrar vida, cuando el incansable empresario consolidó “La Industriosa”, el grupo empresarial que puso en marcha tras regresar a Vigo desde Cuba donde había vivido y prosperado desde 1854, y que en 1860 se consolidó en su ubicación definitiva convirtiéndose en uno de los complejos industriales más florecientes y poderosos del país.
En definitiva, y mientras el submarino confederado se accionaba literalmente a pedales –un eje con forma de manivelas sucesivas, recorría el navío de proa a popa y su dotación se sentaba a un lado y al otro de la pieza accionándola como maniobran los “cofee” en las embarcaciones a vela- el de Sanjurjo era un producto mucho más evolucionado con una autonomía razonable, distribuido en forma de boya, con un habitáculo en el que entraban comprimidos tres personas –Sanjurjo controlaba el timón y los proyectiles y dos valerosos operarios de su fábrica accionaban las palancas de atrás y avante- y pensado para constituirse en el primer bastión de defensa ante la posibilidad no descartada por las autoridades locales y firmemente creída por su constructor, de que los Estados Unidos continuarían su devastadora campaña contra España tras arrebatarle el dominio colonial en Cuba, Puerto Rico y Filipinas, invadiendo nuestro país. De hecho, esta sospecha estaba muy extendida y los responsables de la ciudad estaban igualmente convencidos de que habría invasión y que la flota del presidente William McKinley llegaría a nuestro país por la zona más propicia. Si la ciudad de Vigo se encuentra exactamente alineada con Nueva York disfrutando del mismo paralelo, ningún lugar mejor que su ría para atacarla. De hecho, la ciudad se fortificó para recibir a los enemigos en cuando aparecieran por lontananza. Se desmontó por ejemplo el faro de A Laxe para instalar allí una batería de costa, y se establecieron varios hospitales de campaña para atender a los heridos en el plausible combate.
El barco de Sanjurjo, que escenificó y pasó con éxito su primera y única prueba de mar el 11 de agosto de 1898 en la dársena de la ría que bañaba su propia fábrica, medía algo más de cinco metros de eslora y casi cuatro de manga, desplegaba una velocidad de unos tres nudos y costó 18.000 pesetas, una a fortuna para entonces.
Por fortuna, el submarino de Sanjurjo nunca entró en combate. Probada su capacidad con una inmersión de una hora y media por la mañana y tres cuartos de hora por la tarde, con el propio inventor a los mandos de la nave, efectuando estas inmersiones que llegaron a la profundidad de veinte metros sin contar con amarres auxiliares que pudieran tirar del buque hacia la superficie en caso de necesidad, el barco se paseó por los fondos marinos sin motivo alguno de alarma. Accionado por un mecanismo razonablemente simple y armado con dos tubos lanzatorpedos de doce metros, el sumergible respondió a pesar del angustioso emplazamiento de sus tres ocupantes. n
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