El supermercado de las aldeas: tiendas ambulantes, el sustento del rural en el confinamiento
LAS TIENDAS AMBULANTES DEL RURAL
Ultramarinos Juan recorre todas las semanas poblaciones de Fornelos, Pazos de Borbén, Mondariz o Covelo llevando todo lo necesario para llenar la despensa de los vecinos de los lugares más recónditos de la provincia
nnn Recorren cientos de kilómetros todas las semanas y ya han perdido la cuenta de los pedidos que llevan desde que comenzó la alerta sanitaria. Son los vendedores ambulantes que recorren las aldeas del rural más olvidado con sus camionetas de reparto de pan, pescado, piensos e incluso ultramarinos. Son las únicas "tiendas" a las que pueden recurrir los habitantes de las aldeas de municipios como Fornelos, Pazos de Borbén, Mondariz, Covelo e incluso Avión, en la vecina Ourense, para abastecerse "de todo lo que necesitan, porque a veces te piden unas botas de aguas y, en invierno, los leotardos para aguantar el frío", explica Juan Carlos Feijóo, que desde hace ocho años recorre el interior de la provincia y la sierra do Suído con el mismo surtido que tendría un pequeño supermercado, esos que hace años que bajaron la persiana y colgaron el cartel de cerrado dejando sin un lugar donde hacer la compra a los últimos habitantes de estos pueblos ya medio vacíos y casi olvidados.
La jornada para Juan comienza muy temprano. Cada día hace una ruta diferente. En los pueblos por los que va a pasar ya lo esperan cuando llega con su camión y toca el claxon para avisar que "ya estamos con las puertas abiertas". Muchos hicieron el pedido la semana anterior y le encargaron algún producto que no suele ser habitual de la cesta básica, pero lo más normal es "que tenga todo lo que se necesita en una casa".
"Este es un trabajo duro. Son muchas horas y mucha carretera. Pero al final conoces a la gente y te encariñas", explica Juan Carlos, que desde el inicio de la alarma sanitaria duplicó las horas de trabajo "porque mucha gente se vino desde un primer momento a las aldeas y hay que darles servicio".
El último vínculo
Uno de los mayores problemas que se encuentra en su tarea diaria de llevar el supermercado a las aldeas es "que hay mucha gente que se siente sola y al final haces de psicólogo además de tendero", comenta con una sonrisa. Además, para muchos, él es el único vínculo que les permite mandar componer el reloj que dejó de dar las horas, encargar un apero o simplemente saber que una vez a la semana alguien les visitará y les permitirá mantener una conversación.
Y es que en esos caminos de olvido que se han convertido muchas de las carreteras provinciales el ruido del motor de su furgoneta es presagio de que la vida continúa y no están tan solos.
El secreto para haberse hecho a lo largo de estos ocho años con una clientela fiel es "buscar siempre la mejor relación calidad precio. La fruta es de lo mejor y hasta llevo congelados y fiambre. No falta nada de lo que podrías encontrar en las tiendas", explica junto a su inseparable balanza y máquina registradora. Antes de hacerse a la carretera, Juan Carlos se dedicaba al sector del granito. La crisis del 2008 lo dejó "prácticamente sin nada. Un día un amigo me dijo que en algunos lugares de Lugo había tiendas ambulantes de ultramarinos que recorrían las aldeas". No se lo pensó dos veces y comenzó en el negocio. "Los comienzos fueron muy duros", reconoce ahora, pero poco a poco fue encontrando los lugares "en los que podías vender, porque hay aldeas a las que ya no compensa ir porque no vendes ni para cubrir los gastos". n
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